Mueves las manos como mueves el mundo cuando hablas,
como si en cada gesto hubiera una nueva órbita,
como si en cada gesto hubiera una nueva órbita,
una revolución pendiente,
Y cuando bailas, el mundo gira bajo tus pies,
se pliega y se desdobla,
se hace aire y vértigo solo para verte flotar.
Ser guapa es el último de tus encantos.
Podrías caminar sin rostro y aun así,
los espejos guardarían reflejos tuyos
aunque nunca te hubieras asomado a ellos.
Tal vez dediqué algunos versos antes,
quizá otros nombres se enredaron en mis letras,
pero tú mereces la obra completa.
Porque llevas nubes tatuadas en tu cielo,
tormentas y atardeceres dibujados en la piel,
y en los ojos—
heridas de otras batallas, cicatrices que no piden tregua
y aún así miran con la calma de quien sobrevivió.
Espontánea furtiva de melena negra,
como tinta derramada sobre el destino.
Brisa cuando quieres, huracán cuando hace falta.
No te domestica la rutina, ni te atan las promesas.
Aprendiste a arder sin quemarte,
y a ser la tempestad que nadie puede contener
pero todos quieren ver de cerca.
Cada letra –y cada aliento– se rinde ante la evidencia
Y cuando bailas, el mundo gira bajo tus pies,
se pliega y se desdobla,
se hace aire y vértigo solo para verte flotar.
Podrías caminar sin rostro y aun así,
los espejos guardarían reflejos tuyos
aunque nunca te hubieras asomado a ellos.
quizá otros nombres se enredaron en mis letras,
pero tú mereces la obra completa.
tormentas y atardeceres dibujados en la piel,
y en los ojos—
heridas de otras batallas, cicatrices que no piden tregua
y aún así miran con la calma de quien sobrevivió.
como tinta derramada sobre el destino.
No te domestica la rutina, ni te atan las promesas.
Aprendiste a arder sin quemarte,
y a ser la tempestad que nadie puede contener
pero todos quieren ver de cerca.
de que todo aquí habla de ti.
Y te juro que solo por no ponerte incómoda,
no le pongo tu nombre a este poema.
Y te juro que solo por no ponerte incómoda,
no le pongo tu nombre a este poema.
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